La brutalidad del talión y de la cadena perpetua

Ahora que mucha gente anda pidiendo en España la cadena perpetua por el asesinato de Marta del Castillo, un crimen pasional como otro cualquiera, cometido además por un adolescente al que una sociedad civilizada debería conceder al menos una segunda oportunidad, digo que en ese clima aparece una noticia no directamente relacionada pero que en realidad oculta el mismo problema.

«Mi verdugo debe pagar con sus ojos... Se va a aplicar la ley del talión, literalmente»

Se trata del caso de una mujer iraní de 30 años a la que hace cuatro un compañero de universidad arrojó ácido en la cara tras sentirse rechazado.

¿No es tremendo? Tremenda la maldad intrínseca que revela el método, tremendo el que la agresión provenga de un chico universitario supuestamente maduro; y tremendo, sobre todo, el motivo, algo tan natural como que una chica rechace a un compañero. En fin, uno se puede imaginar el caldo de cultivo machista en el que aún se cuecen las sociedades teocráticas musulmanas.

Pero la noticia es que esta mujer, que estos días se encuentra en España porque fue operada en Barcelona, ha optado por aplicar el talión a su agresor. La ley iraní le permitía optar entre eso o recibir una indemnización, que al parecer es lo más frecuente en los últimos años.

El ojo por ojo, nunca mejor dicho, en pleno siglo XXI….Nos podemos imaginar el calvario que ha atravesado Ameneh Bahrami, que así se llama la agredida, pero precisamente por eso nos cuesta entender cómo aún sigue queriendo (han pasado cuatro años desde la agresión) que alguien, aunque sea la persona que le destrozó la vida, pase por lo mismo. En cualquier caso, imaginemos la escena que se producirá dentro de unos meses: varios policías sosteniendo al chico mientras Ameneh le echa un cubo de ácido en la cara.

Escalofriante, ¿verdad?. Cosas así deberían hacer reflexionar a quienes alzan la voz para pedir la cadena perpetua cada vez que se produce un asesinato, o mejor dicho, cada vez que a los medios les da por amplificar, morbosa e interesadamente, algo tan vulgar, ancestral y humano como es un crimen.

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